QH 2.015
Ilusión,
competición, compadreo, pavor, sufrimiento, ansiedad, satisfacción.
Siete nombres que resumen lo que ha
sido, fue y siempre será la ya superfamosa QUEBRANTAHUESOS.
ILUSIÓN: La que todos hemos sentido al ser unos de los más de
catorce mil preinscritos para entrar en esas diez mil plazas que tendrán acceso
a los diferentes cajones de salida, el 20 de junio, en Sabiñánigo.
Ilusión con la que, desde que
supimos que estábamos entre esos elegidos, nos lanzamos a las carreteras para
llegar a la cita en la mejor forma posible.

Ilusión con la que el viernes 20,
los once integrantes de la PC Contraviento (Alberto, Javi Monedero, Luisja,
Jose, Paula, Gitano, Javi de la Fuente, Roberto, Rober, Tito y Leopoldo)
salimos a tomar contacto con esos gigantes (y no eran los famosos molinos de
nuestro manchego Don Quijote). Una subida al balneario de Panticosa. 11 km al
5%, con rampas del 10 al 13% en los últimos kilómetros. A ritmo tranquilo,
todos juntos llegamos al balneario. Alguien dijo: “Esto se parece a la Marie
Blanque”. ¡¡¡QUÉ ILUSIÓN!!!
COMPETICIÓN: La que verdaderamente llevaron a cabo los tres fórmula
uno de la peña, Alberto, Javi Monedero y Luisja. Iniciando la carrera desde la
zona media de esas diez mil almas que impacientes esperábamos el famoso
chupinazo de salida, realizaron una verdadera competición ciclista, una
verdadera etapa propia del Tour de Francia o de la Vuelta a España en sus
visitas a estas montañas.


Nos quitamos el sombrero ante los
tres grandes competidores.
COMPADREO: Lo que vivimos los humanos, los que afrontamos esta
aventura con objetivos más sencillos: mejorar el tiempo conseguido en ediciones
anteriores, hacer un tiempo aceptable, pasar una jornada en bici en un marco
incomparable o, simplemente, terminarla; de la mejor manera posible, pero
terminarla.
La subida a Somport es un continuo
compadreo; entre los ocho contravientos, que animadamente iniciamos esta larga
y tendida subida de 28 kilómetros al 3%. “Tranquilos chicos, que esto es muy
largo”, “Poco a poco, no hay que quemarse al principio”, “Esto es
impresionante”, “¿Qué tal los de Salamanca?”, “No, algo más abajo, de La
Alberca de Cuenca”, “¡Hombre, también están por aquí los de La Roda”. Estas y
otras interminables frases se van cruzando entre los miles de ciclistas
mientras recorremos estos primeros kilómetros.
Llegados a la estación de Canfranc,
a falta de seis kilómetros para llegar a la frontera francesa, las gargantas
van callando. Afrontando las rampas más duras de este puerto (entre el 6 y el
8%) volvemos a la realidad de donde nos encontramos y de lo que nos queda por
delante.
Poco a poco llegamos al primer
avituallamiento de la jornada, donde todos vamos buscando reponer líquidos y
buscar alguna que otra fruta o barrita con que reponer energías.
PAVOR: Cruzamos la frontera y se inicia un interminable descenso
por unas achichonadas carreteras (¡qué diferencia con las españolas!). A
algunos nos va entrando auténtico pavor al ver como la bici coge una velocidad
algo inusual, cogiendo algún que otro terreno irregular que hace saltar la
bicicleta, viendo como verdaderas balas nos pasan rozando a los más tranquilos.
Pero sobre todo, más auténtico es
el pavor reflejado en las caras de todos cuando afrontamos las largas y
empinadas rectas que nos indican que iniciamos la subida a ese gigante del que
tanto nos han hablado: LA MARIE BLANQUE. 10 kilómetros al 7,15%. Estos primeros
seis kilómetros, aumentando progresivamente su dureza del dos al siete por
ciento, nos van haciendo coger el ritmo necesario para afrontar la dureza del
tramo final. Continuamente se van oyendo los “clic, clac”, todos vamos
adecuando los desarrollos.
De pronto la carretera se levanta
de forma salvaje, afrontamos los últimos cuatro kilómetros con desniveles
medios por encima del 10%, con picos del 15 y del 16. Con pedaleo firme y
tranquilo continuamos en este tramo final, continuamente sorteando a compañeros
con caras totalmente desencajada, zigzagueando de un lado a otro de la estrecha
carretera, detenidos en la cuneta buscando ese aire que falta o caminando en
espera de finalizar estos interminables kilómetros finales.
La Marie Blanque (nombre que
también reciben los blancos buitres que planean sobre su cima) es una auténtica
devoradora de ciclistas. Aquí nos invaden dos sentimientos totalmente
contradictorios. Uno te hace engrandecer, renovar fuerzas al ver como vas
pasando y adelantando a tanta gente que piensas que son mejores. El otro te
hace pensar si no terminarás igual, si no faltarán piñones y habrá que echar
pie a tierra.
¡Pero no! ¡Hemos coronado! Hay que
hacerse la foto que inmortalice este momento. Las sensaciones son inenarrables.
Ahora hay que iniciar un corto descenso para llegar a la altiplanicie en la que
está instalado el gran avituallamiento intermedio. Llevamos ya 104 kilómetros.
Todavía quedan otros tantos. Paramos a tomar algo de alimento sólido, recuperar
fuerzas y reagruparnos los ocho contravientos para seguir con la segunda parte
de esta aventura.
SUFRIMIENTO: El que se aprecia a lo largo de las suaves, pero
interminables, rampas de “El Portalet”, 29 km al 4,5% de media. Superada la
“Marie Blanque” no está todo hecho. Los esfuerzos realizados en sus durísimas
rampas pasan factura en esta subida de regreso a España. Las fuerzas empiezan a
flaquear en algún que otro Contraviento, pero las “ongs” de Gitano y Javi
Fuente entran en acción. Gran trabajo el realizado por estos dos Contravientos.
Las cunetas se van poblando de ciclistas con la cabeza entre los
brazos
apoyados en su manillar. Las famosas “viseras” del Portalet (situadas en un
tramo de 4 km por encima del 6%) son un refugio maravilloso que ayuda a
recuperar aliento sin el castigo añadido del sol en todo su apogeo. Pero hay
que sufrir, seguir subiendo, quedan cuatro kilómetros y la frontera está
próxima. ¡Por fin! ¡Qué alegría ver de nuevo a la Guardia Civil!. Nos vamos
reagrupando, nos faltan Tito y el Gitano, pero hay que dejarlo plasmado. Foto
en “Col du Portalet” y foto en “Puerto del Portalet”. Aquí tenemos noticias de
que nuestros tres adelantados (Alberto, Luisja y Javi Monedero) ya han llegado,
sin problemas y con unos tiempos extraordinarios. Es una inyección de moral
ante lo que queda.
ANSIEDAD: La que empieza a invadirnos para iniciar otro largo
descenso y encarar la última dificultad de nuestra aventura, la “Hoz de Jaca”.
Una corta, pero durísima subida de 2,3 km con un desnivel medio del 8%. Las
vistas que se aprecian sobre el embalse de Búbal son maravillosas. Las vimos el
día anterior subiendo tranquilamente en coche, pues sobre la bici no vemos nada
más que rampones y curvas en herradura por encima del 10%. ¡Pero esto se sube!
¡Aunque sea andando! No hizo falta echar pie a tierra. Todos los Contraviento,
sobre sus monturas, alcanzamos el mirador sobre el vacío del embalse y
seguidamente la cima en esta pequeña población del Pirineo aragonés. Nuevo
reagrupamiento en el avituallamiento e iniciamos el peligroso descenso por la
cara sur, poblada de colchonetas protectoras en todas y cada una de sus
cerradas curvas.
Superado el descenso sin problemas
(aunque he de reconocer que yo, como en todos los descensos, con muchísimo
miedo, lo que me hizo perder contacto con el grupo), queda afrontar otro
descenso más tendido hacia Biescas y los continuos toboganes hasta Sabiñánigo.
Todavía quedan fuerzas y la ansiedad por llegar hace que vayamos alcanzando
pequeños grupos, a los que vamos superando uno tras otro.
SATISFACCIÓN: La que se siente y te llena cuando cruzas la meta y,
entre el clamor de todos los que allí se encuentran, ves a tus compañeros
esperando ansiosos a que todos y cada uno de los Contraviento vayamos llegando.
De pronto todos arrancamos en
aplausos y voces de ánimo y alegría. Tito y el Gitano han llegado. Abrazos,
lágrimas, risas. Es un auténtico cuadro. Todos hemos llegado y cumplido un
sueño, que para algunos (entre los que yo me cuento) lo veíamos lejano y
difícil de cumplir.
AGRADECIMIENTO: Este término no figura en el encabezamiento de esta
crónica. Pero no quiero dejar de agradecer a todos y cada uno de los
Contraviento, y en especial a Paula (la nueva y simpática Contraviento), su
compañía y sus continuos ánimos a lo largo de todo el recorrido. Creo que sin
ello esta crónica se hubiese reducido a “soledad, sufrimiento y, posiblemente,
abandono”.
Leopoldo